Los desfiladeros del invierno
En este puente largo y frío, un viernes resulta hasta inhóspito. El viento, aquí, no es traicionero y uno sabe bien dónde se lo va a encontrar. A la hora de la sobremesa, las calles se encuentran extrañamente vacías y el cierzo zarandea las siluetas de los pocos que todavía callejeamos por estos desfiladeros oscuros, por estos acantilados del cierzo que son las calles del centro de Zaragoza en los días del otoño tardío. Las nubes nos ven y van, rápidas, todavía iluminadas por los rayos oblicuos del sol. El cielo está hermoso. Hay que levantar la cabeza para salir de estas sombras invernales.
Y mientras, el viento marca los destinos de los que tenemos el gusto de los pasos perdidos, del rumbo incierto: de un lado a otro sin saber bien los porqués. Ni los hay ni los buscamos. Es el ritual de encoger el cuerpo levemente y levantar la vista hasta la última nube, al fondo de la Avenida Tenor Fleta.
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