Vísperas de Halloween en Atlanta.
Estos viajes con escalas intermedias me están gustando cada vez más. Cada vez les veo más ventajas y los inconvenientes de siempre se ven muy atenuados.
Vuelvo a México y esta vez la línea trazada en la hoja de ruta tiene un parón en los Estados Unidos. Recelaba de esta parada. No están las cosas como para andarse con tonterías en los aeropuertos gringos, pero esta vez el precio del vuelo con Delta Airlines era el mejor con mucho. Y aquí me encuentro, en el aeropuerto internacional de Hartfield Jackson, 40 minutos después de aterrizar y con la puerta de embarque a México ya localizada. Y me empieza a gustar el ambientillo. Lo primero que se percibe, el color del otoño en los árboles. Eso desde las alturas, claro. Dentro del aeropuerto sorprende y mucho, el silencio de los pasillos que llevan a inmigración. Y lo que me ha encantado: los centenares de fantásticas fotografías que cuelgan de las pasillos por todo el aeropuerto. Imagino que la huella de las lejanas ya Olimpiadas del 96 (sí, fueron aquí) tiene la forma de un muy buen aeropuerto y estas pinceladas artísticas que favorecen mucho el tránsito en las horas muertas. Aquí, hoy, tenemos de todo. Desde el pianista en vivo que ameniza las idas y venidas de los que como yo, aguardamos el embarque, a los trabajadores del aeropuerto que se permiten (algunos) hacer un guiño a la fiesta de Halloween (Todos los Santos en España) y ya visten disfraces muy de aquí (Batman, muertos vivientes, brujas...). El paisaje es más que surrealista: pasajeros de toda la Tierra entre zombies y militares del ejército de los Estados Unidos que abundan por aquí, en tránsito también, seguro, a alguna de sus bases. Quién sabe si su siguiente destino no sea ya un aeropuerto con piano y MacDonalds sino una base militar en Turquía o Alemania. Mientras venía aquí leía las noticias de los soldados que han desertado por la guerra de Iraq. Resulta imposible no imaginar que alguno de éstos no acabe con sus huesos en el polvo del desierto de Mesopotamia. A mi lado, un hispano viste el uniforme de soldado raso y toma un helado de nata y fresa. Muchos otros como él, deambulan con sus mochilas y una candidez sorprendente en los rostros.
Vuelta a México. Lejos queda septiembre y el verano electoral. Habrá que contar que nuevas cosas se abren aquí.
Vuelvo a México y esta vez la línea trazada en la hoja de ruta tiene un parón en los Estados Unidos. Recelaba de esta parada. No están las cosas como para andarse con tonterías en los aeropuertos gringos, pero esta vez el precio del vuelo con Delta Airlines era el mejor con mucho. Y aquí me encuentro, en el aeropuerto internacional de Hartfield Jackson, 40 minutos después de aterrizar y con la puerta de embarque a México ya localizada. Y me empieza a gustar el ambientillo. Lo primero que se percibe, el color del otoño en los árboles. Eso desde las alturas, claro. Dentro del aeropuerto sorprende y mucho, el silencio de los pasillos que llevan a inmigración. Y lo que me ha encantado: los centenares de fantásticas fotografías que cuelgan de las pasillos por todo el aeropuerto. Imagino que la huella de las lejanas ya Olimpiadas del 96 (sí, fueron aquí) tiene la forma de un muy buen aeropuerto y estas pinceladas artísticas que favorecen mucho el tránsito en las horas muertas. Aquí, hoy, tenemos de todo. Desde el pianista en vivo que ameniza las idas y venidas de los que como yo, aguardamos el embarque, a los trabajadores del aeropuerto que se permiten (algunos) hacer un guiño a la fiesta de Halloween (Todos los Santos en España) y ya visten disfraces muy de aquí (Batman, muertos vivientes, brujas...). El paisaje es más que surrealista: pasajeros de toda la Tierra entre zombies y militares del ejército de los Estados Unidos que abundan por aquí, en tránsito también, seguro, a alguna de sus bases. Quién sabe si su siguiente destino no sea ya un aeropuerto con piano y MacDonalds sino una base militar en Turquía o Alemania. Mientras venía aquí leía las noticias de los soldados que han desertado por la guerra de Iraq. Resulta imposible no imaginar que alguno de éstos no acabe con sus huesos en el polvo del desierto de Mesopotamia. A mi lado, un hispano viste el uniforme de soldado raso y toma un helado de nata y fresa. Muchos otros como él, deambulan con sus mochilas y una candidez sorprendente en los rostros.
Vuelta a México. Lejos queda septiembre y el verano electoral. Habrá que contar que nuevas cosas se abren aquí.
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