...y el miércoles amaneció azul
Regresé anoche de una breve estancia en el DF, la capital de México, la increíble Tenochtitlán que es ahora una inconmensurable concentración de edificios, personas, coches y publicidad electoral. Sí, por todas partes. En el rincón inverosímil, donde todavía puede ser colgada una foto, pintado un lema de campaña...ahhhh, estos políticos mexicanos...su gigantesco ego compite con el tamaño de la ciudad.
Llegamos (mi amiga América y yo) en autobús desde Morelia. Atascazo extraordinario al entrar a la ciudad. Compensa lo que se encuentra uno al ir llegando: tras superar el caos de obras en el que vive Toluca (recuerdos a Madrid, pues), sólo resta superar la barrera montañosa que nos separa del DF. La carretera, ya de dos carriles, asciende entre bosques de abetos y qué sé yo qué variedades de árboles que hacen estos últimos kilómetros muy, pero que muy, agradables. Luego, un par de túneles y la conmoción ante lo que ves: lo inabarcable, los dominios del hormigón, el paraíso de CEMEX (cementos mexicanos), la gigantesca urbe del valle del Anáhuac que sigue evolucionando trepidante. Poco queda ya de lo que Cortés se encontró al llegar allá por 1519: el gran lago de Texcoco apenas resiste junto al aeropuerto; los canales en los que se desplazaban los habitantes de Tenochtitlán son ahora una atracción hermosísima pero apartada al sur de la ciudad: Xochimilco. Sí que quedan restos del magnífico imperio azteca (El templo del Sol, Tlatelolco...)...pero son ya anécdota entre la jungla defeña.
Y a más de 2.200 metros sobre el nivel del mar, 20 millones de personas ven pasar las nubes sobre los volcanes (cuando se dejan ver por el smog). La ciudad de los multimillonarios y de la supervivencia diaria, de la escandalosa desigualdad. Del mestizaje más increíble que jamás he visto.
Dormí en Tlalpan. Al sur. Tlalpan fue un pueblo cercano al DF. Ahora es un barrio al Sur, no muy lejos de la Universidad Autónoma de México, la gran UNAM en la que también juegan los Pumas (el equipo de fútbol, claro). Tlalpan es un rincón precioso, de calles estrechas, adoquinadas y fachadas de colores vivos. Yo me pasaría unas buenas tardes de tertulia en la plaza central. Y como no es posible, pues al menos, sí que disfruté de la cena (raviolis de cuitlacoche, más o menos se escribe así: es un hongo rico rico...) ¿ Y por qué en Tlalpan? Pues porque aquí vive y trabaja Checo, al que algun@s conocéis, y con él y con América, su compañera esposa, pasé una buena velada nocturna.
Y el miércoles amaneció azul.
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